Aunque no creo en las etiquetas, estas a veces son útiles para marcar un antes y un después.

Hace meses que quité el adjetivo “liberal” a mi “tarjeta de presentación” (por llamarla de alguna manera), pues no me considero “liberal”, ni lo he sido nunca. A falta de un término mejor, adopté ese como podía haber escogido cualquier otro. O como el que uso desde entonces.

Si soy algo, soy un libertino. Y tal vez ni eso.

Si “ser liberal” es “el comportamiento desinhibido, no condicionado por la moral sexual  dominante”, lo cumplo a medidas. Estoy condicional por la moral dominante, sexual o no. Pero me importa una mierda si voy a favor o en contra de su corriente.

La moral no es más que una opinión que ha sido sacralizada por quién tenía el poder y el dinero para hacerlo. Y la opinión es como el culo, todo el mundo tiene uno, así que no es nada especial ni magico. Es una guía a seguir o a tener en cuenta. Y a mi a veces me vale y a veces no.

Le concedo un punto a su favor. Es una inagotable fuente de excusas y justificaciones.

Si ser libertino implica tener una “conducta desenfrenada en las obras o en las palabras, y por lo general asociada a los placeres y los caprichos”, tampoco. El desenfreno es descontrol, un lujo que no me puedo permitir. Soy esclavo de mis palabras, no voy a serlo también de mis pasiones.

Soy lo que soy porque decido ser así. Como yo quiero y cuando yo quiero. Y porque yo quiero y puedo.

Cuando puedo y me dejan…