Ayer, dentro de un plateado y brillante ascensor, estaba yo a solas con una chica monísima, con un aire a Maggie Civantos en “La pequeña Suiza”, bufanda kilométrica aparte. De repente, le salió algo desde lo más adentro de su ser. Eso no era una ventosidad, sino gas mostaza, un viento huracanado que, a falta de lluvia, reduce a Gloria a una brisa suave.

“Ese ascensor va a oler mal unos cuantos años”, pensé al salir.

Hoy la he vuelto a ver. Se ha sonrojado ligeramente al recordarme del momento eólico, lo que me ha provocado una inmensa ternura de manera inmediata. Intuyo que, bajo ese flequillo y esas gafas, se encuentra un paraíso humano.

Aún queda gente en el mundo que se sonroja.