El juego salió a pedir de boca. KM se negó a llevar a cabo a mi propuesta a rajatabla (le falló la sangre fría), pero aún así fue muy divertido.

Reunió a tres de sus follamigos (ninguno de los principales) y les pidió que fueran voluntarios para una gang bang. Por supuesto, les faltó tiempo para decir que sí. Ella no les dijo con quien sería ni ellos preguntaron. Lo dieron por supuesto. Las condiciones:

-La habitación estaría en penumbras.

-No se podría hablar.

-Al terminar, se irían sin decir ni una palabra.

-Un observador estaría presente para que se cumplieran las reglas.

Y eso fue. Hicieron una gang bang con una mujer, una prostituta que contratamos para tal fin. En favor de ellos diré que era una mujer con un cuerpo bellísimo y con muy buena artes amatorias.

La lujuria de creerse entre las piernas de KM hizo que los tres se esforzaran sobre manera y, durante un momento, llegué a sentirme incómodo pensando que estaba haciéndoles daño. Después de todo, era un engaño.

Esa sensación se desvaneció al despedirme de ellos. Sus sonrisas de superioridad y sus conversaciones de machitos me forzaron a tener que morderme la lengua y no decirles “ay, amigos, que equivocados estáis”. Por un momento deseé que ojalá hubiéramos contratado a una mujer con gonorrea y haberles suministrado condones estropeados, sólo por darle en las narices con su arrogancia. En fin, ese lado cruel que a veces tengo.

Tras despedirnos de la profesional, KM y yo estuvimos hablando. Ella estaba absolutamente fascinada por lo sucedido, por cómo ese terceto se había autosugestionado con sus fantasías de que iban a estar con ella. Eso sí, los dos estuvimos de acuerdo en no repetir este experimento jamás. Salió bien por pura suerte.

Pero fue tan divertido. Me temo que ella no va a querer saber más de ellos. “Entre los tres tienen menos cerebro que un mosquito”. Por eso, querida, por eso te sugerí que escogieras a tres voluntarios que no te importaran demasiado, para reducir el riesgo de perder a alguien valioso.

Se puso algo sardónica cuando me dijo que me había saltado mi regla sacrosanta (“no harás daño a nadie con tus juegos”) y yo le contesté que no. Los tres salieron muy felices y satisfechos. No sufrieron daño ni percance alguno y, si por algún casual, llegaran a descubrir este pequeño juego, la culpa recae totalmente en ellos y en su lujuria, que no les hizo extrañarse de unas condiciones tan bizarras. Si soy culpable de algo, es de haber jugado con lo que ellos me dieron. Si en lugar de pensar con la entrepierna hubieran usado el seso…

Posiblemente, de haber estado en su lugar, yo también habría picado.

Bah, ¡qué importa, fue divertido!