Hoy he vuelto al bar del otro día. Por mi cuenta, por curiosidad. Y me ha llamado la atención que, por cada mujer, había diez hombres. Por cada gesto de ellas, cien miradas goteantes. Por cada palabra, mil deseos castrados.

Allí me he dado cuenta de que la dama del múseo lleva un mes sin dar señales de vida, así que la he olvidado. Si reaparece tendré que hacer un esfuerzo mental para resituarla, pero así me ahorro desperdiciar energías.

En la barra del bar, por cierto, me he encontrado con algo curioso. Una tarjeta en la que figuraba un nombre. Mejor dicho, un apellido, el de un libertino francés que vivió a caballo del siglo XVIII y del XIX y estuvo relacionado con Napoleón y el Louvre y que escribió un relato breve que entró en los anales de la literatura erótica. A su lado, un teléfono móvil. Nada más.

Este pequeño misterio me ha picado la curiosidad, sobre todo porque me ha recordado una novela que leí hace un par de años. Y por eso he dejado la tarjeta donde la he encontrado. Un saludo para los responsables del marketing que se oculta tras esa tarjeta. Buena suerte.

Esta pequeña anécdota me ha inspirado un pequeño juego, un experimento sobre los sentidos, los prejuicios y los apriorismos. A ver cómo voy a persuadir a KM para que se una, porque ella tiene la llave para reunir dos terceras partes de los ingredientes de la receta; la tercera es la más fácil de todas, porque se puede comprar con dinero. Espero que a la marquesa de Merteuil  le guste lo que tiene en mente su vizconde, porque, modestamente, creo que es una gran idea.