La cita con KM se tuvo que posponer por cuestiones de ella hasta ayer. Y llegó dos horas tarde. Es adorable, pero sus imponderables a veces son absolutamente insufribles.

Y la sorprendí. La cita, en la que ella iba a estar a mi completa merced, fue lo más convencional que mi mente pudo imaginar, sin un ápice de sexo (a priori… luego el destino y ella se ocuparon de cambiar ese detalle). Simplemente fuimos a cenar, pasear (aprovechando que no hacía demasiado frío) y a tomar algo.

Fue durante el momento de las copas cuando todo se fue por otro camino, para diversión de ella y mía. La idea me vino de repente. Me acordé del bar del Raval tocando con las Ramblas para encuentros “aleatorios” y le propuse ir, a ver qué encontrábamos (para ella, para mí o para los dos).

Todo empezó de manera un punto hilarante. Nada más entrar en el local, los crujidos de varias decenas de cervicales girando bruscamente para devorarla con sus ojos ansiosos fue de lo más divertido.

El premio se lo llevó una chica que nos gustó a los dos. A ella por lo directa que fue (y por sus dos poderosas razones mamarias) y a mí por lo segundo y por su pelo azul. Así que nos fuimos al hotel y allí comenzó la parte del vodevil, porque la muchacha, de 18 primaveras según ella, se hospedaba en el hotel con sus papis, que estaban en la habitación de al lado, con una puerta que las comunicaba. En resumen, que era 150% posible que nos pudieran pillar en flagrante delito.

No fue el caso. Cuando nos fuimos de allí a eso de las cuatro tras seis horitas de sexo de la mejor calidad y de un trío fantasvilloso, sus papis dormían ignorantes de todo y su bella y tierna hija se acostaba feliz tras haber comido uno de los mejores coños de la Cristiandad, que le comieran el suyo a dos lenguas y que follaran su culo y su coño de todas las maneras posibles que tres mentes como las nuestras pudieron imaginar.

Así se cumplieron tres deseos. El de KM, de comerse un coño mientras la follaban; el de nuestra anfitriona, de hacer un trío con otra mujer, y el mío: saber si su pasión por el sexo anal era verídica. Y lo fue.

Luego, subiendo Ramblas arriba, buscando un taxi, KM se moría de risa mientras yo sonreía a mi costa y a la suya. “Y no habrá sexo en esta cita”, decía ella, intentando ponerse seria en vano al parodiar mi aviso inicial. A estas alturas ya debería estar acostumbrada a ver como el destino tuerce con saña y alevosía todas mis afirmaciones doctrinales…