Ayer fue uno de esos días en los que todo iba un poco de cabeza. Hasta que quedé con KM para tomar algo y charlar un poco. De repente, a mí se me ocurrió jugar a adivinar lo que pensaba la pareja de otra mesa por las caras y los gestos, cosa que nos hizo gracia a los dos y continuamos un poco con la broma. Fue divertido, la verdad.

A ella se le ocurrió poner voz a otra pareja de cincuentones algo grises y marchitos. Según KM, ella le estaba diciendo que se iba a quitar las bragas en público para metérselas a continuación en la copa a él. Era hilarante imaginar la conversación por la cara seria, casi de asco, de los dos, pero no acababa de casar con el lenguaje corporal de la mujer. Más parecía que ella estuviera recitando la lista de la compra para las vacaciones que otra cosa.

A partir de eso, ante mi desacuerdo, KM se lanzó a un pequeño monólogo para besugos intentando demostrarme, con toda razón, que no hacía falta poseer una cara concreta para tener un momento de exhibicionismo. Y, de repente, se me metió el diablo en el cuerpo y le propuse, sin dudar, que ella se las quitara y me las diera.

Como KM es fuego en todo su ser, ni dudó. Se las quitó al momento, ipso facto, y me las puso en la mano. En la copa hubiera sido demasiado obvio, ya entenderás, querid@ lector/a, el porqué.

La rapidez no casa con la discrección a veces, y los movimientos de la dama atrajeron la atención, esta vez no deseada, de otras mesas, que llegaron a ver, fugazmente, un fragmento de las nalgas de mi acompañante mientras la tela de su tanga se iba piernas abajo.

Y, para nuestro pasmo, dos de las mesas estallaron en sonoras quejas exigiendo que nos hicieran salir de inmediato del local por aquella exhibición de mal gusto. Yo, que me había guardado la prenda en el bolsillo de los pantalones (tentado estuve de ponermelo de fulard en el bolsillo de la camisa), no disimulaba una cara de sorpresa burlona mientras KM miraba a su alrededor con una cierta perplejidad.

Pero el que lo pasó peor fue el camarero que intentó poner paz mientras no acababa de creerse todo el embrollo. Hasta asomó la cabeza una especie de encargado que contemplaba la escena con soberana perplejidad. Al final, como KM y yo seguimos a lo nuestro, absolutamente indiferentes a todo, la situación terminó por calmarse por agotamiento ajeno de argumentos.

Seguro que se quedaron con ganas de llamar a la policía para que me cacheara… Ah, ser cacheado por dos sudorosos agentes del orden…

Al parecer los indignados consideraron que todo había sido de muy mal gusto (tal vez, tal vez) y fuera de lugar (como si hubieran lugares más apropiados que otros para ponerse a hacer maldades…) por nuestra parte. Yo, en mi modesta opinión, creo que hay gente que se aburre mucho y que se indigna demasiado para poder creer que están vivos. Ah, si follaran más a menudo, joderían menos.

En fin…