Hoy me he llevado una bofetada. Merecida, por supuesto. He dejado que mi cinismo habitual se mostrara en su enervante esplendor y me he ganado la torta.

Todo se resume de la siguiente manera. He confesado a mi nueva confesora una verdad (irónico, la anterior me odió por lo contrario), que me apetecía ser cruel con una persona (lo que expliqué aquí) para darle una pequeña lección. Y como a ella le ha sentado mal mi confesión, ha intentado hacerme ver lo erróneo de mi planteamiento.

Que yo mismo haya reconocido que tenía razón y que lo que le había comentado era una canallada han servido para enfadarla un poco más y yo, fiel a mí mismo, me he negado a mentir fingiendo arrepentimiento y he mantenido mi opinión: el ser humano solo aprende sufriendo.

Al final he acabado siendo demasiado mordaz y me he ganado la torta. En fin, me duele más no haberla visto venir que la bofetada en sí, aunque pega fuerte la dama.

Lo peor ha sido ver su cara llena de remordimiento pidiendo perdón por haberme dado algo que me había ganado a pulso. De puro buena es tonta la pobre.

En fin, no haré lo que tenía previsto. Después de todo, el destino se ha ocupado hoy de eliminar a esa persona de mi vida. Mi confesora quedará más tranquila cuando lo sepa. Me podía haber ahorrado la torta, ahora que lo pienso…

De paso tengo que decirle que soy como me gusta ser. Y procuraré ser menos cínico con ella.

No tengo ganas de ir cada día con sus cinco dedos marcados en la cara.