Es curiosa esa firme creencia en la inmutibilidad de las cosas que tiene el ser humano y los jóvenes en particular. Precisamente ellos, que han llegado a un mundo donde la estabilidad y la duración son mitos del pasado, parecen aferrarse a estos conceptos como si fueran una verdad eterna que nada puede disolver.

Ayer una joven dama expresó de manera tan firme, tan sentida y tan insensata su creencia en que nada, nada, nada podría hacer que mirara a otro hombre con el mismo sentimiento que le inspira su novio que me resultó casi insultante, no porque la viera tan segura, sino tan ignorante de sí misma y el mundo en general.

Me entraron unas ganas locas de desestabilizar su mundo sólo por ver su cara al comprobar que nada es eterno.

Posiblemente lo haga. Tengo cuatro meses para intentarlo.