Una de las ventajas de mi soltería es que no tengo hijos que compliquen mis planes, porque si uno es padre, lo es por completo. Pero algunas de mis amigas los tienen/tenían, así que sus retoños se ocupan de hacer mi vida una aventura más interesante, es decir, complicada. Esta regla general se vuelve infernal en verano, pues además están las vacaciones, etc, etc.

Todo esto viene a colación de los respectivos líos familiares que dificultan poder quedar con Cris y con Pandora, a la que, a partir de hoy, rebautizo como Helen. Inicialmente pensaba en llamarla Hela, la diosa del Helheim de la mitología nórdica, hija de Loki y de Angrboda, pero, caprichoso que soy, he optado rebautizarla como otra mujer fantástica, inteligente, decidida, bella y de armas tomar, la doctora Helen Magnus.

Cambiando de tema.

Últimamente observo cómo algunas damas de mi entorno (trabajo, vecinas, etc) se enfrentan a cumplir los cincuenta años. Cuatro lo llevan como pueden, una quinta como si fuera más de lo mismo y la sexta y última ha optado por rebelarse. Ella, que había sido no sumisa pero sí un poco conformista, se ha liado la manta a la cabeza y ha decidido hacer ahora todo lo que en las décadas precedentes ni soñó imaginar.

Realmente, me inspira una gran curiosidad cómo está enfocando esta nueva etapa. Con otra amiga suya, a la que no tengo el gusto de conocer, han ideado ser otro par de Thelma y Louise y hacer todo lo que se les pase por la sesera. Yo, salvo recomendarle que se abstenga de usar armas de fuego y vigilar dónde se mete y con quien, no sea cosa que le urja encontrar un precipicio, callo y observo.

El temor femenino a la vejez me resulta fascinante.