Ayer nos juntamos cuatro personas diferentes con variadas trayectorias y sólo una cosa en común: el sexo. Y es curioso como con tan poco se pudo hacer y disfrutar tanto.

Fue un triunfo personal, porque, a pesar de la inseguridad y la falta de confianza que me asaltó durante los primeros momentos (hasta que me resigné a que mi destino dispusiera a su aire, confiando en que yo sabría barajar las cartas que me repartiera con mi habitual suerte), logré salir muy airoso del evento y satisfecho, además de sutilmente piropeado. Cierto es que las damas introdujeran a un caballero para equilibrar la balanza (dos versus dos) no ayudó a que se desvanecieran mis dudas, más bien lo contrario. Y tampoco mejoró el panorama el lugar escogido, uno de mis lugares “malditos” (un hotel cercano al Paralelo), me llenaba de más dudas todavía, pero al final fue perfecto para su cometido. Fue el momento cuando el destino comenzó a mandar mis negras nubes al cuerno.

Porque la lección vital que se desprende de ayer es que no importa lo que realmente pensemos o seamos, sino cómo nos comportamos, nos desenvolvemos y nos sabemos vender. Si nos creemos oro, somos oro. Si nos creemos chatarra, somos chatarra. Y yo simplemente me vendí a precio del bronce con el que Miguel Ángel regaló a la posteridad la estatua de Julio II, el Papa Guerrero.

Vi el brillo en los ojos de ellas y salí feliz al disfrutar con su goce y su alegría. Porque esa sigue siendo mi esencia. El placer ajeno es mi tesoro favorito. Ese placer y la seguridad con la que navegué en aguas extrañas son los dos recuerdos imborrables que me llevo en mi zurrón.

La otra lección es que es un error hacer nada con personas a las que apenas conoces, pues la complicidad es un factor decisivo. Pero de vez en cuando hay que dejar la precaución y los prejuicios en casa.

Como celebración de mi recuperada libertad, rotas las cadenas de mi esclavitud, fue un bello festejo.