Voy a llamarla Lady Q.

La veo entrar con su paso seguro y firme, la sonrisa en los labios y la mirada cargada de lujuria. Nada me oculta a lo que viene, y yo soy su juguete. Así me lo hace saber cuando me empuja contra la cama y se sienta a horcajadas encima de mí, sin perder la sonrisa.

-Siempre has sabido que esto sólo podía terminar así.

Sólo puedo sonreír. La tela de su vestido negro se pega a sus caderas como si fuera sudor, y la postura de su cuerpo hace que se suba, enseñando, milímetro a milímetro, sus muslos. Sus ojos negros me observan atentamente, igual que el gato mira al ratón.

Se saca el vestido por la cabeza y me confirma que no lleva nada debajo. Desnuda, salvo por los zapatos, me mira triunfante y levanta las cejas burlona antes de sentarse sobre mi cara. Su coño está engañosamente cerca cuando se mete dos dedos en su interior y comienza a masturbarse. El sonido preñado de humedad que provocan causa que mi polla dura amenace con reventar dentro de mis pantalones, pero no me muevo. Ella no me ha dado permiso, así que sólo miro extasiado el trabajo de sus dedos en su coño. Su otra mano procede con el frotamiento tradicional que hace que sus primeros suspiros empiecen a acariciar mis oídos.

Cuando su squirt cae sobre mi cara, el reloj de su muñeca, puesto en cronómetro, marca 2:55. Tras unas palmaditas satisfechas, se introduce otro dedo mientras su mirada sigue clavada en mí, y yo permanezco inmóvil. El dedo se mueve más rápido y de repente abandona el nido. Ella, que gime suavemente, se pasa la palma de la mano por su caliente raja y me mira con los ojos entrecerrados.

Los dedos entran y salen y se suceden las caricias, las palmadas y otra vez vuelta a empezar. Sólo es el comienzo de una larga sesión en la que yo permaneceré quieto, a su merced, y en la que terminaré empapado de ella.

À bientôt,
J.