Es su culo el altar en el que entierro mis plegarias, y su estrella más oscura es la más profunda de mis moradas. Las cúpulas gemelas de mármol que se juntan en su ojete me reclaman que las vuelva de porfirio a manotazos. Simplemente no puedo dejar de pensar en su culo, en hundir mis dientes en sus carnes y luego atravesarlas con mi polla. No puedo ni quiero dejar de verlo emerger ante el espejo de mis ojos.

Y en esa rememoración de esa parte de tu gloria me enervo en toda mi dureza y, que enterraría ahora mismo entre tus labios entreabiertos para que te lo fumaras y escupieras luego su humo blanco. La dureza de tus carnes arrancan mudos suspiros a mis labios, que se curvan hacia arriba al mirarte.

Me estremezco al pensar en lo caliente que está tu piel ahora mismo.

Gros bisous,
J.