Mis preferencias no vienen marcadas por mis caprichos, sino por las acciones de los demás, que me hacen adoptar una u otra actitud. La falta de interés o las excesivas tonterías me aburren rapidamente. Por eso puede parecer, a quien me observe desde fuera, que paso del blanco al negro con rapidez.

No me importa.

Las calientapollas, las “diositas” de pacotilla y las inseguras me sacan de quicio, aunque las últimas tienen una cierta excusa. Son débiles, no pueden evitarlo. De vez en cuando me topo con alguna, y de ahí el motivo de estas palabras.

Hará cosa de un mes que conocí vía internet a una mujer que parecía interesante. Al poco le empecé a verle rarezas de carácter, pero como yo concedo a la otra persona un cierto grado de extravagancia, lo pasé por alto. Hasta que he ido viendo que la dama es una de esas que gustan de ser elogiadas para subirle el ego.

Ayer descubrí, por puro accidente, que está casada. Oh, sorpresa. De divorciada a casada… Perdona, pero te olvidaste de contarme algo… Bueno, no importa, con casadas no, gracias. Las reglas.

Y así se acabó todo. Sospecho que se ha quedado con las ganas de decirme algo, pero como el “con casadas no” ha sido definitivo y la he silenciado, si ha añadido algo, que imagino que sí, éste se ha perdido, como gotas en la lluvia, en la vastedad de internet.

Ni siquiera puedo decir que sea una pena.

¿Soy yo, que me vuelvo suspicaz, o esas mujeres que escriben de cierta manera, que físicamente son de cierta manera y se visten de cierta manera, son, en cierta manera, una verdadera y certera pérdida de tiempo? ¿Las montan así en fábrica?

Otro misterio inescrutable que dejo por el camino. Ah, la ciencia.

Gros bisous,
J.