El deseo es como el hambre. Igual que no siempre queremos la misma comida, a veces deseamos a una persona o a otra. El hambre y el deseo se sacian temporalmente para volver más tarde, a veces más violentamente, a veces más sosegadamente. Pero siempre vuelve.

Hoy en el metro me he fijado en una mujer de sus cincuenta y mucho y con unos pechos imposibles de no ver. Sentada enfrente de mí, era imposible no verla. Era como si tuviera un imán para mis ojos, que volvían a revisarla una y otra vez. He creído ver una pequeña sonrisa en sus labios cada vez que nuestros ojos coincidían. Cuando se ha bajado, una parada antes de la mía, estoy seguro de que su mirada me ha dado un repaso y que sus labios sonreían por mí.

Y si no, que importa…

Gros bisous,
J.