Me he levantado ligeramente sarcástico y ya hay alguien que lo ha probado. Suelo ser más duro (o cruel, todo depende del punto de vista) con la gente que aprecio que con la que no. Sí, dicho así no tiene mucho sentido en apariencia, pero aquí viene la explicación. Si soy duro con alguien a quien tengo estima es porque quiero asegurarme de que reacciona, y nada hay más “motivador” que un ligero latigazo en el ego. Venga, vamos a admitirlo. No hay nada más mortificante que sentir el orgullo lastimado. Ni una multa es tan efectiva como un “¿pero vas a salir así, con esas pintas?”.

Sospecho, de todos modos, que pierdo el tiempo con esa persona, pues me ha demostrado (a mí y a otra persona) repetidas veces que no va a cambiar y es un caso perdido, pero entonces entra en juego la segunda parte: ver hasta dónde puedo llegar con mi perverso sentido del humor, cuál es el límite de lo aceptable, dónde está el borde del precipicio. Y esa es una aventura deliciosa para mí. La aventura del perfeccionamiento de nuestras virtudes.

Sí, se que no tiene sentido. Normalmente somos más duros con los desconocidos y tratamos con más delicadeza a quien tenemos más cerca del corazón. Eso me parece un error. Los seres humanos sólo cambiamos cuando nos encontramos de narices con el problema y no hay escapatoria alguna. Los paños calientes sólo sirven para adormecernos y hacernos sentir seguros. Yo quiero causar lo contrario. Despertar a esa persona. Pero, como ya he dicho, es una perdida de tiempo, y, ya que no cambia, al menos me divertiré siendo “malote” con ella y perfeccionaré mi esgrima verbal.

Y ahora, otro tema diferente.

Esta tarde voy a ver a Lola. Comenzaremos mis clases de skirt. La idea de terminar mojado de ella me hace relamer de gusto. Me encanta imaginar mis dedos y mis manos mojados de ella, sentir su placer goteando por mi barbilla y empapando mis mejillas.

Sí, uno de mis mayores placeres es sentir su humedad en mi piel. Me encanta, me llena, me satisface, me la pone más dura todavía. Si estoy sin fuerzas vuelvo a tener, si el deseo se había agotado por usarlo, se recupera al momento.

Voy a mojarme de ella, para luego mojarla entera, con mi saliva. Voy a recorrer todo su cuerpo con sus jugos mojando mi piel, de manera que cuando la lama, le devolveré parte de sus líquidos. Y, cuando esté bien recubierta, cuando el traje de saliva brille en sus piel y sus pezones erguidos me señalen como claro culpable, la follaré hasta dejarla sin sentido.

Y aún así seguiré un rato más, para revivirla a golpes de pelvis, porque quiero que me mire a los ojos cuando el lefazo final señale que el goce ha sido digno de nosotros, dioses del placer.

Voy a follarla como nunca.

Gros bisous,
J.