Estoy al límite de mis fuerzas, así que me voy a tomar un pequeño descanso. El problema es que no va a ser pronto.

El trío con François y su dama ha sido extenuante, física y mentalmente. Hemos quedado para comer y el evento ha sido una especie de examen por parte de la dama. Lógico, por otra parte. Lo que no me ha gustado ha sido el modo. Ha sido un punto demasiado sibilina para mi gusto y yo he tardado mucho en acabar de intuir sus intenciones. Pero, de alguna manera ignota, he superado la prueba y, una vez logrado esto, todo se ha relajado y hemos comido tranquila y amigablemente.

Me he encontrado con un dilema que me ha resultado familiar y me ha arrancado una sonrisa. Tal y como este galo enloquecido habla de ella, me había hecho a la idea de tener una megadiosa del sexo. Y, como en alguna otra ocasión pasada, la diosa es muy humana, casi de andar por casa.

He ahí el matiz. Casi. Yo diría que en esa naturalidad radica su peligro, porque te relajas y… ya se sabe lo que sucede en esos casos. Yo no he podido. Digamos que no podía. No puedo negar un par de momentos de relajamiento, en el que se ha asomado mi otro yo, pero breves y que se han diluido en la conversación.

Y al final, el momento de la verdad. En su piso, para mi ligera sorpresa. La dama me ha desconcertado una vez más. En la cama en esta ocasión. Tiene una peculiar teoría sobre cómo es el estilo follador de cada hombre que conoce. Y lo descubre de manera poco convencional. Lo cierto es que funciona, al menos conmigo.

La dama es de armas tomar, pura y simplemente. Le va el sexo “deportivo” como a un niño un pastel. Pero, sin embargo, mientras que al pobre galo lo ha exprimido de mala manera, conmigo ha mezclado todos los estilos posibles y me ha prodigado largas y lentas folladas junto con momentos más duros y salvajes, aunque han predominado los primeros.

Y cuando el galo ha tenido que marcharse, ella no ha tenido rebozo alguno en preguntarme si tenía algún problema en quedarme a solas con ella, pues las ganas aún le duraban. El galo, extasiado ante tal afirmación, se ha ido más feliz que unas pascuas. Y yo también. Me he ido y me he venido, para qué negarlo.

El coste es el obvio: estoy destrozado. Lo curioso es que hasta llegar a casa no me he dado cuenta de que no tengo fuerzas ni para ir a la cocina. En fin, tengo que reposar. Este ritmo insensato no puede continuar. Mi hambre exploradora debe sosegarse y temperarse. Por eso mañana, para compensar, me tomaré las cosas con calma y con comida hogareña y familiar.

Que me sea leve. Porque si mi familia se distingue por algo es por no ser demasiado relajante. Pero tengo un plan infalible. Comer como una lima y quedarme luego profundamente dormido en el sofá.

Y hablando de goces. Me gusta saber cuando mi Dama de los Pies Frios folla. No, cuando folla no. Cuando se da un banquete de placer. Cuando es feliz me gusta, pero cuando exhuda lefazos de goce me provoca una alegría salvaje. Me encanta cuando veo esa sonrisa suya post-coito, cuando todo su placer se resume en una onomatopeya sonora que termina en carcajada suya y mía. Mi alma se caldea suavemente al ver sus gestos lentos y gatunos cuando su mirada rememora el placer dado y recibido. Simplemente me encanta verla feliz, pero cuando ha follado, me gusta todavía más.

Gros bisous,
J.