El café con la mitad femenina de la pareja con inquietudes liberales ha sido curioso. Ella admite tener curiosidad (en realidad el morbo la devora), pero le frena el temor a que dar un paso adelante y penetrar en los parajes liberales pueda poner en peligro su pareja. Si lo hay (peligro, quiero decir), le he contestado, no es por adentrarse o no en esos lares. El deseo de su marido no es la crisis, sino un síntoma. Por ello le he recomendado encarecidamente que hablen del tema los dos sin dejarse ningún cajón por revolver.

Otro problema es que quieren corren antes de aprender a caminar, en mi opinión. Pero eso no es todo. Ella está medio escandalizada, medio horrorizada por sus propios deseos. Y apenas ha digerido que su marido desee a otras mujeres. La veo demasiado insegura, demasiado acomplejada, demasiado temerosa, demasiado confusa.

Mi respuesta ha sido sencilla. Que lo hable con su marido, y cuando lo tengan claro que decidan cómo avanzar. Si no saben asumirlo como dos adultos, que vayan a un asesor matrimonial o a Fátima.

Gros bisous,
J.