Anoche Madame E y yo quedamos para cenar “y lo que surja” (esa manida broma que ya no es tal de tanto usarla) y, la verdad, todo se nos fue de las manos, de tal manera que llegaba yo a mi casita a eso de las siete de la mañana. Eso sí, en perfecto estado de revista.

Todo comenzó en la cena, cuando a ella le entraron ganas de ver la Sagrada Familia de noche. Caprichos de la dama… Pues adelante. Hacia las once, hartos ambos de hacer el turista, nos fuimos a su casa, donde tuvimos una deliciosa velada que nos dejó sonrientes, cansados y hambrientos. Así que, como dos soberanos tarugos, salimos a comprar algo para comer (la nevera estaba medio vacía) en torno a las tres de la mañana.

Suerte de esas tiendas que no cierran nunca.

Cocinar fue un asunto cómico, porque, a pesar de mis avisos sobre mi escasa habilidad y mi cierta torpeza culinaria, la dama no se tomó en serio que no sirvo para pinche y tuvo que comprobarlo. No importó, porque acabamos muertos de la risa y pudimos quitarnos el hambre.

Pero claro, saciado el apetito gastronómico, el deseo sexual retornó… y perdimos literalmente la noción del tiempo. Así que, a eso de las seis y media, realmente agotados y reducidos a poco más que charlas arrebujados bajo las sabanas, se nos ocurrió mirar el reloj y nos dimos el susto de nuestras vidas.

Por eso esta noche vamos a repetir la locura.

Gros bisous,
J.