Kerry persiste en su línea de hacerme conocer gente (1) y ha movido Roma con Santiago para pergreñar un cita con la dama superliberal. Que lo haya logrado en menos de 12 horas me hace sospechar las dos que se conocen más de lo que mi británica reconoce. Yo, como mi genial Dama de los Pies Fríos, no acabo de entender la manía de Kerry por presentarme gente (hoy me ha dicho que se muere de ganas de que yo conozca a un caballero centroeuropeo), como si yo fuera incapaz de hacerlo. Teniendo en cuenta que ya lo hizo al comienzo de nuestra relación, sospecho que es algo innato en ella.

Por otra parte, me sorprende la presteza con la que la tercera parte de esta cita ha accedido a ella. Y yo, que en mis últimos tiempos, vengo conociendo gente porque me recomiendan (2)… ya ves tú. Un saludo a mi ciclista favorita, por cierto.

Problema. La cita es a las cinco, y yo no podía asistir por motivos profesionales. Así que he tenido que pedir dos cosas: una, que se demorarse la cita, y la ora, pedir un favor a alguien de mi confianza. ODIO pedir favores. No me gusta. Si no queda más remedio lo hago, pero no me gsuta. Hacerlos no me importa, pero pedirlos sí.

Bien. La cita tendrá lugar esta noche, a las nueve. Cenaremos, charlaremos y después cada oveja a su casa, aunque Kerry me quiere en la suya. Y yo necesito dormir un poco, en serio, que esta semana entre el calor, ella y mis otros vicios, no duermo lo que me hace falta. Supongo que podremos llegar a un arreglo que me permita dormir un rato.

Pensando como pensaría mi Dama de los Pies Fríos, me huelo un trío con las dos o alguna perversidad de la rubia.

Gros bisous.

(1) “¡Tienes que ampliar tu agenda!”, me dice. ¿Querrá que lleve la guía telefónica metida en el bolsillo?
(2) Algo tendrá el agua cuando la bendicen.