Anonyma anoche me hizo descubrir nuevos placeres y formas de explorar y conocer mi cuerpo que no había considerado hasta la fecha.

Nos reunimos en la recepción del hotel B. a las cuatro menos veinte de la mañana y, en menos de diez minutos, ya estábamos en nuestra habitación, nuestro pequeño paraíso privado. Y en menos que tardo en pestañear dos veces, estabamos desnudos en la cama, abrazados y comiéndonos a besos.

Fue una noche de pasión tranquila, porque, a pesar de las ganas atrasadas, nos dedicamos a recorrernos con ojos, labios y dedos. El sexo se olvidó inicialmente de su frenesí y no comenzamos a volvernos salvajes hasta que hubimos saciado las ganas de tenernos el uno a la otra.

Así que no fue hasta pasadas las seis de la mañana, cuando empezó a amanecer, cuando, después de hartanos de besos y caricias, de corrernos sin dejar de mirarnos a los ojos y de degustar un pequeño tentempié, que fuimos a por el delicioso y maravilloso “sexo sucio” que tanto nos gusta a los dos.

Fue odioso tener que separarnos hacia las ocho, realmente odioso.

Ahora que pienso, hoy sólo he dormido un par de horas, después de comer.

Si sólo pudieramos repetir esto más a menudo.