Tengo una tía liberal. Ella no se define de esta manera, sino más bien de un modo más ecléctico: “hago lo que me sale de los ovarios”. Ella es otro ejemplo de que no importa la etiqueta, sino lo que haces.

El sábado nos fuimos a Camprodón para descansar y poder tener una charla los dos, porque está preocupada por mí. Según ella, anduve unos días mustio por un susto/disgusto/desastre que tuve. Así que nos alejamos de la civilización urbana para irnos a la verde campiña a charlar. Resultado: a las horas ya estábamos hartos de tanta calma.

Así que, de repente, le entraron ganas de ir a Trainning Pedralbes. Yo, que no soy fan de ese sitio por razones harto conocidas y ya expresadas, me encogí de hombros y dije “bueno, vale”. Me paso la vida dando segundas y terceras oportunidades.

De camino al club liberal me acordaba de mi Dama de los Pies Fríos y sus consejos. El destino, que es muy pillo, se ocupó de todo y, a medio camino, a una hora de viaje todavía de Barcelona, la dama cambió de opinión.

Y acabamos de “gitaneo” (sus palabras, no las mías) por el Casco Antiguo y el Raval, de tapeo y de flamenco (capricho suyo) y acabamos charlando junto al gato del Raval con un kebab en la mano.

Siempre he sido un hombre rodeado de mujeres, que son las que me han enseñado las mejores más valiosas lecciones (contando con la excepción de mi mentora, que confirma la regla ella sola).

Gros bisous,
J.