Lady C se ha dedicado a tentarme desde las ocho hasta las doce de la mañana con su inconsciente persistencia. Yo, a base de darle negativas, he terminado por decirle que sí por un simple y sencillo motivo: porque me venía en gana, me apetecía tontear con ella y así me relajaba.

Así que hemos optado por hacer las cosas a medias: ella escogía el qué hacer y yo el dónde. Ella quería chuparmela. “Las ganas de comértela me tienen los ovarios revueltos”. Pide y te daré, he pensado. Así que, cuando ibamos a tomar un café, me he acordado de que los edificios de enfrente tienen un patio interno con muy buena sombra y verdor, así que, tras comprobar todos los rincones posibles y las vistas de los que pudieran pasearse por allí, nos hemos sentado, charlado, calentado mutuamente y al final me la ha comido sin parar ni para respirar.

Me ha encantando cuando, tras las primeras caricias, me ha dicho “me mojo como una zorra al notarla tan suave y tan dura”. Ha sido breve, intenso y muy relajante. A ver cómo le devuelvo el detalle…

Gros bisous,
J.