A eso de las ocho me ha sonado el teléfono: Anoynma quería saber cómo iba (está preocupada por mí desde que tuve el golpe de calor), así que hemos planeado una escapada que tenemos todavía que definir. A menos que pase algo, el miércoles será el día de autos.

Cada vez se nota más (y en eso estamos de acuerdo ambos) este sentimiento de ternura y cariño que nos invade cuando hablamos (o pensamos el uno en el otro). Nos gusta, nos gusta. Si todo va bien, el miércoles estaremos juntos y podremos dar rienda suelta a todo lo que nos apetezca hacer. La lisa es larga.

Maman también está preocupada por mi culpa. Al final le he comentado la maldita pesadilla que tuve y se ha alarmado al saber lo que me alteró, de manera que va a venir en breve en carne y hueso a darme mimos a granel. Me relamo de gusto, porque tengo ganas de perderme con ella y hartarme de estar a su lado.

También le he comentado que valoro la posibilidad de o bien marcharme una temporada a París o de instalarme allí de manera definitiva. Su respuesta ha sido sencilla. Decida lo que decida, su casa es la mía, no me tengo que preocupar por buscarme alojamiento. Pero me ha advertido. No debo escapar a París, sino trasladarme. La entiendo perfectamente.

Por el momento, es más lo que me ata aquí de lo que me impulsa a irme.

Mientras escribo estas líneas me preparo para irme de cena con Kerry. Nos apetece salir un poco, no mucho, que ambos madrugamos mañana.

Gros bisous,
J.