Hoy he quedado para comer con mi “mentora”.

¿Quién es ella? Alguien que me marcó profundamente. El apodo le queda demasiado grande, pero me lo inspiró mi Dama de los Pies Fríos, porque, durante un instante, nuestros pasados tuvieron un reflejo similar. Mi mentora lo único que me enseñó fue negativo, todo lo que no quiero de un ser humano y todo lo que no quiero ser yo como hombre.

Hoy nos hemos visto, a petición suya, porque quiere saldar sus deudas con su pasado, y, de paso, conmigo. No me he esforzado ni en entender sus razones ni en creerme su arrepentimiento. Lo que ella haga, piense o desee me resulta indiferente. Lo que tenía que haber hecho no lo hizo, y eso me basta. Me importa una mierda que me llamen rencoroso o que se piense que no se puede vivir con ese encima. Vivo perfectamente con ello. Sólo lo tengo presente cuando ella contacta conmigo, y es perfecto. Así no me olvido de su ponzoña y no puede traicionarme por segunda vez. El resto del tiempo no existe.

Me tienta usarla, para qué negarlo, pero es un juego peligroso en el que no necesito entrar, así que lo ahorraré. No merece la pena. La sola idea de tenerla delante me da asco.

Sus explicaciones me han resbalado olímpicamente. Si son ciertas, tuve la desgracia de conocer a un ser egoísta y amoral, pero eso ya es pasado. También sus protestas de inocencia, de haber cambiado, de ser mejor persona me han pasado por encima sin rozarme. Me es indiferente lo que sea ahora. Cuando importaba que fuera alguien en mi vida no lo hizo y me dejó caer. Ahora, no la quiero cerca, sea mejor o peor persona.

Ella ya ha soltado su carga, yo le he dicho el equivalente a “su tabaco, gracias”, y adiós. Chacun peut y trouver son plaisir. Yo ya tengo lo mío.

Gros bisous,
J.