Cuando entra en mi vida una mujer y se queda de manera permanente, me gusta aprenderme de memoria su cuerpo, de manera que, con los ojos cerrados, puedo dibujar su contorno y sus formas en el aire. Me gusta dejar que el tiempo pase mientras mis dedos y mis ojos se deslizan por cada rincón de su cuerpo, empapándome así de ella, con ojos, lengua, dedos y dientes.

A veces me gusta retener durante un segundo un pliegue de su piel entre mis dientes. O un dedo. O un pezón. O el clítoris. Me gusta tenerlo ahí, sintiéndolo de una manera inexplicable e inimaginable. Me encanta, porque además de darme todo eso, poder hacerlo con una mujer me confirma que tengo toda su confianza, y que me permite llegar hasta ese extremo. Por eso a veces muerdo suavemente, para confirmar que he entendido ese privilegio recibido.

Tal vez sea un recuerdo atávico de aquellos tiempos en los que nuestros antepasados se cubrían de pieles y se ocultaban en cuevas, tal vez cuando tocando podían expresar más de lo que sus lenguajes prehistòricos eran capaces de sugerir siquiera.

Gros bisous,
J.