Un mensaje de Anonyma dándome los buenos días lo ha disparado todo. Hemos estado intercambiando bromas detanto en tanto cuando, a eso de las diez, he recibido una fotografía suya vía los mundos virtuales de internet y eso ha disparado algo a medio camino entre el coquetero y el zorreo, de manera que yo he terminado, oh ironía, teniendo que intentar poner algo de sentido común, aunque no ha servido para nada y a eso de las once los mensajes eran de todo explícitos. Así que hemos tenido que quedar, ipso facto, para comer.

Pero claro, la hora de comer, cuando se la observa desde las perspectiva de las 10 y media de la mañana queda muy lejos, de manera que hemos tenido que improvisar un encuentro en una cafetería, aunque la mayoría de la acción ha tenido lugar en el WC. Creo que no recuerdo la última vez que comí un coño con tantas ganas y con tanta saliva chorreando. Ni de cuándo fue la última vez que una lengua me recorrió la verga de los huevos a la punta ida y vuelta.

Con semejante preámbulo, hemos tenido que follar, de manera breve, silenciosa y urgentemente para no levantar sospechas entre la concurrencia del local, aguantándonos con el mismo esfuerzo los gemidos de placer y las carcajadas. Por eso hemos decidido escoger un restaurante cercano a su casa para luego ir allí, sin prisas, aprovechando que hasta las seis de la tarde, la casa estará desierta salvo por las mascotas.

Cada vez tengo más claro que el final de un ciclo se aproxima. Veremos que lecciones deja, que cicatrice, que recuerdos. Será inevitable que pasar página me apene. No importa las veces que se haya repetido este proceso, ni de cuándo haya sido la última vez, la pena siempre llega. Mientras tanto, es nuestro deber ser felices y aprovechar cada momento.

Gros bisous,
J.

PD: Mientras escribía estas líneas, me ha llamado. Nos olvidamos del restaurante, comemos en su casa. Que cada uno lleve lo que le apetezca. Perfecto.