Estoy necesitado de un cuerpo nuevo.

La cena con Lady Desconocida fue de lo más tranquila y apacible, sensual y erótica, inteligente y atractiva. Con su mera presencia, la dama creó un aura de voluptuosidad que estuvo a punto de conseguir que el restaurante entero se volviera una sauna y diera paso a una orgía al contagiarse el deseo a todos los presentes. El camarero lo pasó mal, pobrecito.

Me gusta la franqueza con la que llama a las cosas, aunque no tanto con su pasión por los buenos licores, porque, entre ella y mi perversora, puedo acabar peor que John Wilmont, segundo conde de Rochester. Que tampoco es una mala manera de acabar. Es excitante, con un punto perverso. Es consciente del efecto que produce y disfruta y juega con ello, sin la afectación ni el infantilismo de algunas mujeres en tal situación. Bien, ya veremos.

Con Anonyma fue espectacular. Su deseo fue abrasador, y el mío pugnó por estar a su altura. Me despertó su llamada, pues me quedé adormilado en el sofá de mi casa esperando precisamente que hiciera sonar mi teléfono. La copiosa cena y la sesión de humo con mi perversora hicieron estragos y me quedé traspuesto a una velocidad indecente, lo que tuvo su ventaja, pues acudí a su encuentro fresco como una rosa y caliente como el infierno.

Ella estaba furiosa. El evento anterior no salió como ella esperaba y se quiso quitar la decepción follando, lo que repercutió en la subida espectacular de la temperatura entre ambos y que me usara como un especie de osito hinchable y con pollón. Sólo después de cerca de tres cuartos de hora de una acción considerable por ambas partes se avino la dama a descansar, tomar un refresco y dignarse en explicarme la causa de su enfado tan ardoroso. Descansados, con la noche por delante, nos lanzamos de nuevo a los envites de la pasión hasta que nos venció el sueño a eso de las seis de la mañana. Lo que nos hemos “reído” hoy cuando su hija le ha telefoneado a eso de las nueve y algo para preguntarle si estaba a en casa, que necesitaba algo…

Que malas son las carreras. Y tener descendencia.

Ay, las MIFLs.