Estaba yo en la ducha, perdido en mis ensoñaciones, cuando una mano me ha cogido mi mojado y encogido miembro. “Demonios? De dónde sale esta mano?”. Era la de Maman, que sonriente, me ha dado un beso en la mejilla y luego, de rodillas, se ha puesto a chuparmela con una gran sonrisa y una mirada lujuriosa en la cara. Vamos, que el encogimiento ha durado menos que un helado en el Sahara.

Su coño depilado, mojado por el deseo, la ducha y mis lametones, ha producido una deliciosa melodía cuando he comenzado a follarla allí mismo, sin prestar atención en los resbaladizo del suelo. Los gemidos de Maman se han sumado a los míos y, al cabo de un segundo, con ella de pie, apoyada con sus manos en la pared y yo detrás, con mis manos en sus tetazas y mi polla entrando y saliendo con la celeridad del rayo, presa de frenesí, hemos escuchado una vez que nos ha llenado de sobrecogido espanto:

Le connard! -nos soltó N. con un gesto de pasmo- Os montáis una fiesta y me dejáis fuera!

Y yo, con media polla dentro y media fuera, con las manos en la masa (bendito tetamen), la mejilla apoyada en la húmeda espalda de L. y sintiendo sus pezones erectos entre mis dedos, lo único que se me ha ocurrido decir ha sido algo un poco infanticida:

-Niña insolente… espera un momento, que enseguida te toca…

Con dos maravillosas locas como estas… quién puede estar de mal humor?

Gros bisous,
J.