En todas las parejas humanas existe una personalidad dominante. Las liberales, obviamente, no son una excepción. He conocido algunas en las que se repetía siempre el mismo modus operandis: siempre primaba la opinión o la personalidad de uno de los dos cónyuges.

Estas relaciones disfuncionales me resultan intrigantes, porque la sumisión de una persona a otra siempre me ha interesado porque es tan contraria a mi manera individualista de ser.

Normalmente, en los dos casos más extremos que he conocido (afortunadamente, ambos desde la barrera), el ego del dominador/a era excesivo, no ya para la pareja, sino para cualquier mente sana. La otra parte de la pareja era un espacio vacío, un personaje sin amor propio que se movía por los impulsos de su pareja. En ambos casos la personalidad más fuerte mostraba, paradójicamente, una terrible debilidad: un complejo de inferioridad que daba pie a una personalidad en extremo narcisista y ególatra. Tal era la explosividad de la mezcla que tendían a enfrentarse de cabeza con todo aquel miembro de su mismo sexo que pudiera amenazar su “supremacía” (fuera o no una amenaza real como “macho alfa” – la parte femenina de la segunda pareja tiene una marcada personalidad masculina – ). Otra tendencia típica de ambos personajes era reconstruir el pasado (lejano o reciente) según se creían ellos que había ido. El personaje más odiado de su pasado podía, según soplara el viento y cambiara el orden de sus neuronas, desatar las penas o las alegrías más tremendas de un día para otro.

Que tanto él como ella tuvieran también una peculiar tendencia a la venganza, al rencor y al matonismo es algo que me sorprende, porque él era simplemente un psicópata terriblemente egoísta y ella sólo una pobre infeliz con un ego desmesurado. Pero ambos no dudaban en tirarse al barro con tal de intentar molestar, aunque con escasos resultados prácticos.

Es curioso como diversas características se repiten de vez en cuando en el espacio y en el tiempo. El Eterno Retorno nietzscheano en versión borde.