Los planes de hoy (ayer?) han tenido que cambiarse sobre la marcha. Un problema de horarios madrugadores ha dejado a ST fuera de juego. Como estoy de este extraño humor juguetón que me hace estar buscando un plan B de inmediato y tengo esta innata habilidad para no poder estarme con las manos (bonita metáfora) quietas, me he lanzado al instante a proponer salir (y quien dice salir dice entrar) a Anonyma, que me ha dado el SIIIIII de inmediato (es adorable y más).

La cena ha sido tranquila. Hemos charlado y yo he podido observar, con una cierta mezcla de diversión, perplejidad y preocupación, que la dama me trata con un inconfundible tono maternal. Ella bromeó cuando se lo comenté y, riendo, replicó que, en todo caso, es un instinto fraternal. Entre los temas tratados ha figurado el enfado que tiene Loba. Ni ella ni yo tenemos ni idea sobre la causa del furor lobuno, pero esperamos que se le pase pronto. Ella sabe que cuenta con todo nuestro cariño conjunto e indiviso.

Cenando, Anonyma ha hecho un gesto que me ha resultado familiar. No recuerdo a quién se lo he visto hacer, pero me resulta muy conocido. También puede tratarse de un “falso positivo” de un dejà vu. Tal vez se trate de lo nervioso que me ha puesto su vestidito negro de encaje, escotado y cortito, como Venus manda.

A saber.

Así que, tras cenar, hemos ido a nuestro nido de águilas con vistas al mar, donde yo he demostrado tener más fuerzas de las previstas y más ganas de las esperadas (jojojojo!). Si ayer la velada fue sexo a granel en su variante más deportiva, hoy Anonyma me ha prodigado una cantidad infinita de mismos, de manera que creo que nos hemos pasado más tiempo charlando y riendo que follando, casi. Su culo, sin embargo, puede opinar lo contrario. Qué puedo decir… su culo y sus pechos me vuelven loco, entre otras maldades.

Gros bisous,
J.