Una pausa para reflexionar sobre la vorágine del día de hoy para luego poder hundirme otra vez en ella.

Tras cumplir con mi jornada laboral con mi habitual efectividad y encanto, pensaba en retirarme a mi santa sanctuorum, dudando entre dedicarme a la contemplación pasiva del progresivo cambio de tonos de la luz del sol mientras el día transcurre con calma y recochineo, aplicarme con devoción a un pequeño frenesí onanista pensando en mis damas favoritas y sus respectivas anatomías internas y externas o organizarme la agenda y llevar a cabo cualquier otra tarea más práctica y útil.

Como no podía ser de otro modo tratándose de mí, al final no ha sido nada de eso. Estaba en el ascensor, ese rincón mítico de mi biografía reciente, cuando ha entrado en el estrecho cubículo mi nueva vecina. Así que toca retrotraerse un poco en el tiempo para explicar esta nueva adicción a mi universo particular.

Tengo vecinos nuevos desde hace un par de meses. La chica del ascensor es la compañera de piso de una de las recién llegadas y que, por fin, puede asentar sus reales en esta nuestra comunidad y poder gozar de la calma que nos invade, salvo cuando a los de la pizzería de abajo les da por poner bachata a toda leche.

Así que, en el tiempo que hemos tenido para charlar hasta que hemos llegado a su piso, dos por debajo de mío, hemos llegado a la obvia conclusión de que teníamos mucho por hablar, cerveza (y ginctonic) mediante, por lo que hemos vuelto a bajar, olvidando nuestros propósitos respectivos y buscando primero un buen lugar donde tomar algo, luego otro donde comer (¡Puta paella!) y finalmente un lugar tranquilo donde darnos unos arrumacos.

Porque, querido diario, no acierto a explicar cómo ni cuándo, pero, en algún momento, tras repasar ligeramente nuestros respectivos currículums profesionales y horarios intempestivos, bromear sobre nuestras aspiraciones intelectuales y disfrutar de la comida, al chupar cada uno sendas cabezas de gamba nos ha poseído un deseo sexual de tal entidad que hemos empezado a hacer piececitos y manitas em ese mismo momento y, al final, ya fuera del restaurante y tras varios intentos fallidos de ser buenos (o, en su defecto, discretos), la neurona que todavía me funcionaba se ha colapsado y he terminado por empotrarla contra el muro de un antiguo convento donde nos hemos metido mano mútuamente con gran apetito y voracidad… hasta que dos guardias municipales nos han dicho que nos fuéramos a hacer guarrerías a otra parte, llevando yo más pintalabios en mi cara que ella en sus labios….

Huelga decir que les hicimos caso y hemos follado como dos locos desesperados que hubieran pasado los últimos cien años sin haber prestado atención al sexo.

De repente, un impresionante deseo mútuo ha unido a estos dos desconocidos, que ahora descansan, de aquella manera, mientras preparan la aventura de esta noche.

Gros bisous,
J.