Ayer la noche terminó siendo más interesante de lo que tenía previsto, aunque no exactamente en el sentido que más me hubiera gustado.

La perversión de Anonyma fue casi perfecta. El buen hacer de mi perversora y sus valiosas lecciones, el aporte salvador del Señor 1 1 y un poco de suerte, además de la predisposición y ganas de la dama lograron que la velada fuera casi perfecta, como ya he dicho.

Yo no estuve tan bien como hubiera deseado, porque, como bien sabe mi perversora, mis habilidades digitales son algo torpes a la hora de liar, pero, por lo demás, todo fue bien, aunque yo hubiera sido feliz con un afgano (¿estoy siendo críptico?).

Todo transcurrió magníficamente y la conversación brotó de manera inesperada. La pesadez de los párpados fue sustituída por un caudal de palabras y yo me puse cómodo para escuchar y hablar, cual gato que se ha bebido una vaca entera.

Entonces, poco antes de las once de la noche, un amigo me tuvo que whatssapear que acaba de pegar un gran polvazo. No era ni el momento ni un tema de mi interés, francamente, así que opté por despacharlo rápido. Además, dado que el citado polvo está circunscrito en una aventura que sólo puede terminar mal para él, mi respuesta fue menos que entusiástica y, al ponerse tontito mi amigo (lo entiendo, el subidón que provoca un orgasmo es peor que cualquier borrachera), pasé gradualmente de la etapa pedagógica (“sabes que no tendrías que hacer eso…”) a la borde (“si por algo se caracteriza un cornudo es por su falta de sentido del humor y su agresividad, y tú estás camino de comprobarlo por las bravas”). Sospecho que mi frase lapidaria final (“Te estás jugando tu trabajo y la salud, pero sigue así, y cuando acabes en el paro con las piernas rotas ya te preocuparás por esos detalles insignificantes“) no le terminó de gustar demasiado.

Solventado ese problema mediante el expeditivo proceso de apagar el móvil y cruzar los dedos para que nada importante quedara postergado para el día siguiente, me dediqué a cerciorarme de que Anonyma estaba bien. Y me equivoqué. No estaba bien, estaba de rechupete, de manera que, cuando empezó a meterme mano con una gran sonrisa, desactivé mi modo Doctor Nick y activé el de Cabroncete Entrañable, con eróticos resultados, primero en plan mimos en el sofá seguido por repaso del Kamasutra en la cama, con el intermedio de irse desnudado por el pasillo (que largo se me hizo, os faltaba ropa al final), intentar coger algo de beber de la nevera (cosa extraña, las manos se me iban a cualquier parte -de ella- menos a las botellas) y sudar sangre para encontrar la llave de la luz de su habitación (que, por ley de Murphy, siempre está en el lado opuesto al que uno busca a oscuras).

Gros bisous,
J.