Hoy, durante un desayuno laboral con mi jefa, una ex follamiga me ha intentado abordar. Es una de aquellas que formaron una especie de tríada fatal y de la que me deshice en su día, como ya comenté, tiempo ha (bueno, tríada… eran cuatro… bueno, cinco follamigas con las que yo tenía relaciones con una cierta frecuencia apreciable… obsérvese que digo “yo tenía relaciones con…”… jamás supe lo que ellas tenían entre manos, salvo mi polla cuando me la chupaban).

Me ha sorprendido su intento de abordaje porque, la verdad, no acierto a imaginar que parte de “no te quiero volver a ver en lo que me queda de vida ni en la otra” no entendió.

En fin, como tengo una gran fama de despistado (descuidado, dicen mis fans; despreocupado, mis detractores), he fingido no verla (sí, es feo, pero yo estaba en horario laboral, y en esa franja no conozco a nadie, porque no hay que mezclar ambientes), no tanto por el principio que acabo de anunciar, sino porque maldita sea la gracia que me hacía volver a verla.

Cosa curiosa, hace un par de semanas me topé accidentalmente con Alexandra, la pareja de correrías de esta dama que cito ahora (y cuyo nombre, si alguna vez me lo dijo, no recuerdo), y tardó nada y menos en recordarme porqué las mandé a todas de paseo al País Sin Retorno. Y este viernes pasado, vi desde una cierta distancia a Vanessa (la de las dos eses… yo ya me entiendo), otra del quinteto fatídico. Si se trata de una broma del Eterno Retorno nietzscheano o de una de las habituales salidas del karma lo desconozco, pero, de verdad, que no hacía falta verlas, aunque parece que el destino quiere decirme algo. Lástima que tengo la línea comunicando.

En fin, la ex-follamiga de hoy no ha captado la indirecta de no prestar atención a su llamada y, cuando estaba sentado esperando a que mi jefa terminara su ensaimada, ha vuelto a acercarse, marchando directamente hacia nuestra mesa. Yo, que a ciertas alturas de la vida ya no tengo paciencia para algunas cosas ni ganas de montar escenas, he optado por una solución muy fácil, aunque, lo imagino, algo censurable: levantarme con mi jefa y su trozo de ensaimada e irnos en dirección opuesta a la de la pesada.

Supongo que ahora estará segura de que no la quiero cerca. No se, visto lo visto, lo dudo. En fin, tampoco es que su mundo coincida mucho con el mío, afortunadamente.

De repente, recordando a este elenco de jamelgas de dudoso pelaje, añoro a Lady Choni. Con todas sus burradas (es choni) y defectos (es humana, como yo), al menos es legal.

Gros bisous,
J.