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No se puede escapar del destino, mi señora marquesa.

Estoy estirado en el sofá (desparramado también sería una definición aceptable), presa de una extraña mezcla de sentimientos. Placer, alegría, nostalgia, añoranza, hambre, urgencia, ganas… en fin, como decimos en Catalunya, un curioso potipoti, una barreixa, en una palabra, una mezcla del quince. En fin, que estoy multisensorial.

Mis encuentros con Anonyma empiezan a tener una característica que se repite con frecuencia: acordar una hora y quedar luego casi dos horas antes. Pasó el miércoles y pasó anoche también.

Anoche, con ella y con mi Loba, pasó de nuevo. Al final quedamos antes para cenar sin prisas (nota mental: diría que los nervios pre-encuentro hacen que a Anonyma le entre una hambre lobuna -oh, la ironía-, aunque ella dirá que nada de eso -te veo leyendo estas líneas y sonriendo con expresión burlona, te veo-, que es pura coincidencia. Da igual, me gusta verlas comer).

La cena fue tranquilísima con las dos. Incluso cuando volaron algunas sutiles indirectas en todas las direcciones el ambiente siguió siendo muy apacible (mi bromadvertencia -“quien se ponga tonta se queda sin follar” fue acogida con risas) y, como mi Dama de los Pies Fríos ya me había advertido y yo había descartado por no parecerme nada lógico, las dos damas comenzaron a competir entre ellas por mi atención, para sorpresa mía (y, para qué negarlo, gran placer).

Así que salimos del restaurante sonrientes… salvo por un detalle. Anonyma nos invitó a los dos. Nada de pagar a partes iguales. Eso no me gustó, pero ante la insistencia de la dama y la naturalidad de la reacción de Loba, opté por callar. De vez en cuando va bien que me mimen y me malcríen, que demonios…

Cenados, nos pusimos camino del lugar del encuentro y, al enfilar el taxi la ruta que nos llevaba hacia la parte de Barcelona, yo me temí lo peor, pues pintaba que nos dirigíamos a mi club liberal en absoluto favorito. Por suerte, el coche giró al poco rato y me quedé aliviado… hasta que empecé a pensar que tomaba una dirección que, en esa alta parte barcelonesa, o me llevaba a uno de los rincones agridulces de mi pasado, o a uno de los del presente (eso me provocó una ligera y cérdica sonrisa irónica) o a uno de mi presente literario, como quien dice.

Al final nos quedamos a medio camino. Y allí, cercana la medianoche, hora de brujas, estaba yo con ellas dos y ellas dos conmigo mismo, exactamente, mirando a través de mis gafas con curiosidad la fachada de un bello edificio y preguntándome, una vez más, en que lío me estaba metiendo cuando, de repente… “Te gusta mi casa, osito?”, me susurró mi Loba al oído. Suspiré. La luz de las farolas le daba un brillo delicioso a sus ojos y arrancaba unos destellos fantásticos en los de Anonyma.

En tal trance, repetíme mentalmente los versos que mi mente atribulada compuso al entrar en el restaurante.

Mi Señora del Dulce Escote,
No me abandones ahora
Que estoy con estas dos lobas
Y tengo que ser un machote.

Así que, apelando a la triple divinidad de mi Dama de los Pies Fríos, mi Señora del Dulce Escote y a mi adorada marquesa, y dejando de lado el alarde literario, recoloqueme el paquete y dispuseme a entrar en aquella casa, sin yo saber, ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!, que iba a tomar parte del mejor trío de mi vida, de la historia de los tríos y de todo el puto universo conocido.

Gros bisous,
J.