La temperatura en la habitación pronto rondó la de los Trópicos, y, tras enfundarme en la debida protección, procedí a follarme a Loba, que, desnuda y abierta debajo de mí, me prodigó una descarga de adrenalina con sus besos, caricias, gemidos, suspiros, exabruptos y corridas que me dejó extasiado y un poco exhausto. Anonyma, que no había dejado de acariciarme y lamerme por donde le vino en gana, me montó a continuación, poniendo mis manos en sus tetas y sin dejar de mirarme de una manera que me partía, me volvía a pegar y volvía a partirme, de manera que tuve que hacer que cambiara de posición para follar a mi ritmo y soltarle todas las ganas que tenía dentro.

Loba iba y venía. Trajo bebidas y, tras beberse su copa, procedió a masturbarse mientras miraba como follabamos, para luego (oh, Hollywood, que maldita influencia la tuya), derramó parte del licor sobre mis glúteos, que luego lamió a mordiscos (hoy mi culo parece haber sido presa de una tribu de caníbales). En un descanso, Anonyma sacó un curioso artilugio. Era un arnés para un dildo pero sin arnés, reemplazado este por una especie de slip masculino. Cuál iba a ser su función permanece en el olvido, pues, salvo quedar colocado en una de las mesillas de la habitación, no hizo otra cosa el pobre.

Y, para inaugurar el siguiente capítulo sexual, empecé por follar el muy rijoso culo de Anonyma, donde me corrí por primera vez, para luego rendir homenaje al de Loba, que me proporcionó un placer extraordinario y una segunda corrida. Con ambas damas apliqué algunos de los consejos recibidos de mi adorada Dama de los Pies Fríos, con éxito diverso. Suerte que ninguna de las dos tremenda hembras me preguntó qué culo me había follado con más gusto, porque hubiera tenido problemas para escoger uno.

Ni siquiera la segunda ronda de sexo anal me sacó de dudas. Por eso, apliqué una de mis reglas favoritas y, como siempre, para qué narices escoger si puedo quedarme con todo… Ni siquiera la brusquedad de mis embates hacia el final del asalto anal con Anonyma hizo que la dama perdiera comba, todo lo contrario, me desafiaba a ser más duro aún y darle más fuerte, para asombro de nuestra lobuna amiga, que primero nos miró con ojos bien abiertos por la sorpresa, y luego usó el dildo para masturbarse con frenesí.

Serían cerca de las dos cuando terminamos de follar, cansados, rendidos y complacidos. El pequeño montículo de preservativos que se acumuló sobre una de las mesitas era testigo mudo de nuestra actividad. Quedan pendientes varias cosas para el próximo trío, en especial incorporar a cierto elemento afgano en este teorema de flujos, pero eso, como el vino de mi Dama de los Pies Fríos, pienso escogerlo sin prisa y con toooooda la calma.

Gros bisous,
J.