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Una vez dentro, me distraje con las vistas de la ciudad, hasta que Anonyma, cogiendo mi rostro entre sus manos, comenzó a cubrirme de besos, actividad a la que se sumó rauda y veloz mi deliciosa Loba, de manera que pronto me faltó boca, lengua y cara para tanto beso.

Me sentaron en un sillón y, mientras Anonyma mantenía mi boca bajo dulce y constante asedio, Loba, como un nuevo don Juan, bajó, aunque no a las cabañas, sino pecho abajo, desabrochando mi camisa y jugueteando con mis pezones y ombligo. Llegado a ese punto del camino, intercambiaron posiciones y fue mi lobuna amiga la que me devoró la cara y Anonyma la que me liberó de los pantalones y se dio un festín con mi polla enhiesta, que, sabiendo que era ella, se había alzado orgullosa para señarla como su dueña.

Mientras, mis manos se habían abierto camino debajo de la falda de Loba y habían rasgado (maldita urgencia) su ropa interior para jugar con sus húmedos agujeritos. Que yo fuera capaz de coordinar mi mente, mi boca y mis dedos en tales circunstancia y con tanto placer haciendo que me rodara la cabeza todavía me llena de asombro.

En un tropel de palabras que se abalanzaron por la fuerza a través de mi boca, les hice saber que me urgía ir a la cama, porque en tan estrecho confín, mi libertad de movimientos era poco menos que nula, y me apetecía comer coño. Así que pasamos a la cama, dejando la ropa por el camino. Y así acabamos los tres, yo tumbado cuan largo soy, con Anonyma sentada a horcajadas sobre mi cara ofreciendo su coño a mi ávida lengua y Loba arrodillada entre mis piernas, chupándome como si no hubiera a haber mañana.

Gros bisous,
J.