La velada de ayer, que empezó en misterio, acabó convertida en una de esas jornadas excesivas e imposibles que sólo me pasan a mí. El enigmático evento resultó ser menos glamuroso de lo que yo pensaba, menos previsible de lo que mi Loba suponía y menos cerrado y atado de lo que los organizadores creían.

Cuando descubrir que el lugar de encuentro era un edificio en el Raval no pude evitar sonreirme ante las bromas del Destino y, a la vez, dudar de la supuesta clase del evento. Me equivoqué, pero sólo un poco. Que el evento comenzara a la seis de la tarde me resultaba bastante extraño, la verdad. Luego el destino se ocuparía en demostrar lo acertado del horario escogido por los organizadores.

El espectáculo era una perfomance de sexo en vivo con el transfondo de un relato basado en hechos reales. Me recordó algo en ese momento, pero no fui capaz, entonces, de recordar el qué. El lugar era, por decirlo finamente, asqueroso. Un viejo edificio, que alguna vez tuvo que conocer época mejores. Un piso, delirante a la par que hedonísticamente decorado, en el que se agolpaban los invitados, sentados en una pléyade de sofás, sillones y sillas de estilos variados ultramodernos. El escenario era espartano en su simpleza. Un sofá, una mesa y dos sillas.

El punto culminante de la representación era ver al protagonista del relato sodomizando a una “desvalida” dama. A favor de los actores, decir que lograron excitar a la audiencia, yo incluído, a pesar de la escasa calidad de lo representado. Es de notar los tatuajes que llevaba uno de los actores, supuesto “amo” del BDSM que, pese a bramar con notable energía, no me resultó creíble ni como autor ni, mucho menos todavía, como amo sádico. Nota especial para los antifaces de los actores, reproducciones de las máscaras carnavalescas venecianas. La actriz tenía un cuerpo tentador, y su interpretación de la víctima desvalida resultaba bastante creíble, salvo por sus gemidos de horror y desespero, que tardaron poco en ser reemplazados por explosiones de placer al ser follada a conciencia. Confieso que los intentos de los actores de humillarla con un discurso que parecía salido de “La Venus de las pieles”, del genial del escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch, me hicieron sonreirme a su pesar (luego fui informado de lo mortificados que esos aprendices se sintieron por mi causa) y cogerle un profundo aprecio a la pobre y enculada dama, que aguantaba tales envites con gran entusiasmo y profesionalidad.

De repente, cuando el acto anal hubo finalizado y la representación terminaba deslizándose hacia una parodia peculiar de un ménage à trois , una de los asistentes (una pelirroja que se había comportado hasta el momento con un desparpajo rayano en la vulgaridad más completa y que había estado provocando a otro de los voyeurs-espectadores), se puso a cuatro patas en su sillón, mostrando ostensiblemente sus nalgas desnudas, sin dejar de buscarle las cosquillas a la concurrencia, hasta que el tipo que había estado soportando sus envites verbales, sin mediar palabra, procedió a bajarse la cremallera y encularla sin ceremonia ni presentación alguna y, de postre, sin protección alguna. Se la folló a pelo y a grito pelado de los dos.

(Sospecho que se trataba de algo preparado, aunque me han jurado y rejurado que fue algo espontáneo. Tal vez, no lo creo. El hecho que follaran a pelo me hace pensar en un conocimiento previo; no me imagino que haya tanto imbécil imprudente suelto).

Mi Loba, algo sorprendida de mi falta de entusiasmo y algo mortificada por algunos comentarios sarcásticos de este humilde escritor (si no me divierto con el espectáculo, algo tengo que hacer para pasar el rato), se dedicó a intentar silenciarme con su eroticismo innato y su tremenda sensualidad, logrando un cierto éxito, que se vio confirmado con la segunda parte de toda aquella barroca ceremonia, cuando se presentaron otras tres mujeres, también enmascaradas, como los actores, vestidas una con una gabardina, otra con un abrigo largo de cuero y la tercera con una capa negra.

Tras una especie de diálogo para besugos por parte de los actores (ninguna de las recién llegadas abrió la boca), las tres damas se dirigieron hacia tres de los hombres allí presentes, tras abrirse las telas que las cubrían y mostrar sendos cuerpos apenas cubiertos por una deliciosa lencería negra. Uno de los elegidos fui yo. La dama, cuyos ojos verdes brillaban de manera muy notable tras la máscara, se arrodilló frente a mí y, tras bajarme la cremallera de los pantalones, iba a proceder a realizarme una felación (a pelo, otra vez), a la que me negué, para sorpresa de casi todos los asistentes salvo de mi Loba, que ya intuía, por lo hablado, cual iba a ser mi reacción.

El maestro de ceremonias me informó con un ligero tono de desprecio en la voz, que “esa son las costumbres de la casa”. Yo, con un ligero encogimiento de hombros a la gálica moda que tantas veces practiqué en París, me limité a contestar que “cuando quiera suicidarme, lo haré a mi manera y con quien yo quiera”. Al replicar el caballero que la seguridad y la sanidad de las damas estaba fuera de toda duda, le repliqué que, si no tenía inconveniente, me enseñara el correspondiente certificado medico de la dama que atestiguara tal condición.

Rehúso a explicar la airada reacción de los presentes ante mi “arrogante y pretencioso” comportamiento. Se me escapa la risa sólo por recordar sus expresiones pueriles. Por suerte, la dama “enculada” resolvió el asunto con una prestanza que me encantó.

Vestida de nuevo, sin abandonar su máscara, apareció con un condón en su mano y, tras aparte suavemente a la dama de las pieles, me enfundó el preservativo y me la chupó con un gran acierto y estilo, sin separar sus ojos de los míos hasta el final previsible, tras lo cual, tras retirar con una sonrisa la goma, me bautizó con el apodo que me iba a perseguir el resto de la velada: “semental”.

Cabe decir que la dama es tan exagerada como atractiva… En su favor diré que logró borrarme la sonrisa sardónica de la cara y el aburrimiento de un plumazo.