Lo cierto es que, por causa de una mamada, la actriz, a que llamaré, de manera provisional y por falta de ideas (mis neuronas apenas se han recuperado del exceso nocturno), Lady M., y yo quedamos ligado de una manera muy extraña, pues, donde quiera que yo fuera, me la encontraba. O donde ella iba aparecía yo. Así que al final, cuando todo se terminó a eso de las diez, la invité a cenar, tras consulta previa con mi Loba, que estaba con ganas de salir ya de aquel lugar.

Lo que tengo que confesar no me deja en buena posición, pero es la verdad, y eso es todo lo que importa. La verdad, pura y dura, es que me quería librar al precio que fuera de mi Loba, porque tenía el urgente y descarnado deseo de estar a solas con la protagonista de la perfomance. Los hados fueron amables y mi Loba encontró alguien de su gusto y se fue de caza (“total, a tí te puedo encontrar cuándo y dónde quiera”, me dijo, con esa refrescante humildad que es tan pareja a mi sarcasmo)y yo me quedé a solas con Lady M.. Mi Loba, con un beso en la mejilla y un “buenas noches, dulce príncipe”, abandonó el escenario y yo aproveché la ocasión.

Siendo sincero, si Lady M. aceptó la invitación, no fue tanto por mis indudables encantos y mi innata simpatía (confieso que aquí estoy siendo tan sincero como burlón a mi propia costa) sino porque le dio la real gana. Asi que, tras recuperar mi móvil en el guardarropa, me marché con la dama a cenar (era un poco más de las nueve). Con el pelo suelto y un ligerísimo y corto vestido negro de tirantes, estaba arrebatadora, y eso motivó que yo optara por combinar toda la prudencia posible junto a mi más lujurioso encanto. De lo contrario, la hubiera terminado empotrando a pollazos contra todo muro de aquí a la Gran Muralla China, ida y vuelta. Y sin sacarla.

Confieso que la prudencia duró lo justo, pues Lady M. se ocupó en disuadirme y hacerme saber que no iba a salir corriendo. Eran las nueve y algo cuando entramos en el restaurante, en el Casco Antiguo, y salimos a eso de las once, bien comidos y buscando un lugar donde tomar un par de cervezas y seguir charlando. Bueno, esa era la intención, al menos.

Ya fuera por el viento nocturno, por el vino de la cena o por los eflujos de Afrodita, acabamos en una conocida y vacía plaza del Casco Antiguo comiéndonos a besos, hasta que, por el efecto de la gravedad y de las ansias mutuas, acabamos deslizándonos hasta terminar sentados en el centro de la fuente. Caprichos del destino y, como ya he dicho, de la gravedad. Nos moríamos de risa, con el agua por el ombligo, cuando ella soltó un grito.

“Mierda! La María!!!”.

Mientras ella comprobaba que lo principal estaba seco, yo reflexionaba sobre el Eterno Retorno de Nietzsche a la par que notaba el agua deslizarse por mis piernas. La estampa, lo confieso, debía de ser hilarante. Los pocos comensales del restaurante del hotel cercano nos miraban con sorna, sin saber que ni estábamos tan borrachos como ellos se pensaban ni tan ebrios como hubieramos deseado.

A todo esto, cuando hoy, por motivos laborales, he tenido que pasar por esa plaza, no me ha servido de nada contar hasta mil y he tenido que hacer mil maniobras para disimular mi erección ante los “tiernos” recuerdos que me han venido a la mente, cochina a la par que dulce ella. Me temo que ya nada volverá a ser lo mismo.

Así que, tras acabar de volvernos a meter mano bajo un bello arco cercano, a beso limpio, optamos por coger un taxi e irnos a su casa, llegando a eso de las once o algo así, y allí acabamos de quitarnos las ganas, la ropa y las fuerzas a base de follar (con la debida protección). Eran pasadas las tres de la mañana cuando, completamente extenuado (que me quiten lo follao), me quedé dormido a su lado… y las ocho cuando el maldito móvil regresó a la vida y mis compromisos laborales resucitaron por sorpresa.

Así que me fui, con el regalo delicioso de sus besos, de sus bragas, su número de teléfono y su dirección marcada a fuego en mi gps, me fui a cumplir con mi deber, como mandan los cánones, pues soy un gran profesional (profesional, muy profesional, que diría el insigne y no sobradamente elogiado Pazos), sin dejar por ello de cruzar los dedos para que no se me notara el sarao nocturno ni en mi mal cuerpo de baile ni en mi carita de niño bueno. Ventajas de ser una especie de moderno Dorian Grey, mi cutis lucía tan fresco como siempre.

Si es que, además de bueno, guapo, simpático, encantador, maravilloso, tierno, adorable, achuchable y muy pero que muuuuuuy modesto, soy un tío con suerte. Y ninguna vergüenza, pero eso es otra historia.

Gros bisous,
J.