En fin, que no nos poníamos de acuerdo hasta que yo tuve una idea diabólica: propuse dejar la visita a su club favorito para la semana que viene e ir esta al mío. Tras prometérselo de manera sincera y convincente (pienso cumplir la palabra dada, malgré moi, malgré tout, malgré mis pocas ganas, malgré mis negros presagios), nos pusimos en camino, risueños.

G. me hizo todo tipo de preguntas sobre mi perversora, medio fascinada por el cambio que llevo experimentando desde que la conozco y la disfruto, medio fastidiada por no ser ya la única, junto a Maman, que me ha dejado una impronta en mi vida. Ay, celosilla mía…

Todo fue bien, como siempre con ella, en el club. Ella se tomó su pequeña venganza cuando me descubrió que se ha aficionado a los fistings, y recibió uno de lo más impresionante. Verla enrojecer de placer me puso más allá de la Tercera Fase y su encuentro famoso.

Conocimos a un chico bi (el del fisting) muy amable, habilidoso y simpático, aunque con una pequeña y enervante tendencia a disculparse por tener la polla pequeña, en su opinión. La realidad era que la tenía normal, fina, y eso, tal vez, pudiera dar la impresión de falta de tamaño. Pero se bastaba y sobraba para suplir esa “carencia”, si es que lo es. El problema era eso, que se disculpaba cada dos por tres.

Supongo que por el alcohol ingerido, al final terminó por ver fantasmas que le encantaron. Se nos había sumado una pareja a nuestros juegos y, cuando F (de fisting) le estaba demostrando a la otra dama sus habilidades manuales, se encontró con una polla follándole el culo (que, por cierto, parecía el de un efebo). Se excitó hasta tal extremo por la follada recibida que, según él, el tamaño de su miembro se disparó (no tanto, no tanto, pero sí). Feliz con su “crecimiento”, le pegó una repasada a la dama que hizo que las exclamaciones de placer de ella se escuchara, sospecho, desde la Gran Vía. La de Madrid, quiero decir.

A todo esto, yo disfrutaba viendo follar a mi ex-osita, porque era ella en todo su gálico esplendor. Por delante y por detrás, por arriba y por abajo, no conoce límites y su pasión y entusiasmo es contagioso. Al abrazarla yo y liarnos a mimitos, la otra pareja nos soltó “se nota que lleváis poco tiempo juntos”, lo que casi hace que mojemos la cama de la risa. Ay, la gente y sus suposiciones…

De repente se nos acercó una mujer mayor. Y cuando digo mayor, quiero decir ESO. Sesenta y algo. A mí me recordó a una versión porno de Doña Urraca, y ahí se me acabó la libido. Que llevara las uñas de los pies pintadas de azul claro me acabó de fastidiar (sí, a veces soy muy idiota), y opté por tomarme un descanso. La parte masculina de la otra pareja no tuvo reparo alguno y procedió a follársela in situ, con resultados nada dignos de ser mencionados. En resumen: si no puedes, no pidas.

Durante un descanso se nos acercó una pareja de “buitres” con el propósito obvio: que les “prestara” a G. Su propuesta no nos gustó a ninguno de los dos, y, de postre, sus maneras dejaron algo qué desear (su falta de diplomacia, de sutilidad, etc). Así que se llevaron un “no, lo sentimos” en mitad de una frase y a otra cosa mariposa. La sesentona seguía pululando por allí, haciéndome ojitos, para risa de mi querida y adorada G., a la que casi asesino allí mismo por cabrona.

Tras tomar algo con F., con el que nos volvimos a encontrar, y otra pareja de nuestra misma edad, nos preguntamos qué queríamos hacer. Pese a la hora (tal vez las tres de la mañana?), no estábamos para nada cansados, así que nos quedamos un poco más. F. y la pareja habían desaparecido, así que dimos un par de vueltas hasta acabar de charla con una pareja extranjera. Lo único que recuerdo de ellos es que tenían una pinta nórdica que tumbaba de espaldas (piel blanquita, rubicundos), que su inglés tenía un acento metálico y que tardamos nada y menos en quedar de acuerdo para irnos a un reservado. Con ellos cerramos nuestra noche y, con buen sabor de boca, nos fuimos.

Era hora de dormir (la casa de G. era la más cercana) y yo usé como antifaz por si entraba el sol por la ventana un sujetador negro que encontré en el bolsillo de mi americana. Teniendo en cuenta la talla, no era de G. Cómo terminó allí lo desconozco.

La única pega: mi maldito despertador corporal me ha abierto los ojos a las nueve de la mañana. Hijo de su padre.

Gros bisous.
J.