Hoy nos hemos visto por primera vez, la Loba y yo, porque la otra vez, con el chaperone de por medio, no fue vez. Y cuanto más tiempo pasar entre el encuentro y el presente, más ganas tengo de volver a verla.

A pesar de la lluvia, hemos terminado paseando tras el café, tras dejar claro que los dos buscamos y ofrecemos lo mismo. Su marido no se opone a sus aventuras (aún me sorprendo al encontrarme hombres así) y yo no tengo problemas para olvidarme de mi famosa regla de “mujeres casadas no”. Así que, por honradez, la declaro difunta, porque me la he saltado con una cierta regularidad últimamente.

Hemos terminado por escondernos en rincones varios, como el hueco al lado del ascensor de una escalera (benditos pisos antiguos) para resguardarnos de la lluvia y comernos a besos mientras nuestros dedos nos palpábamos a través de la ropa, que hoy ha estado en nuestra contra. No importa, habrá más días.

Hablaré más de ella de la Loba. Me tiene fascinado, cada vez más, con cada minuto que pasa. Loba.

Gros bisous,
J.