Tengo la sospecha de que hoy he gastado mi cuarta vida. Bueno, aún me quedan otras tres. Saliendo de un ascensor con mi jefa, justo cuando era mi turno, el maldito cubículo ha realizado un brusco descenso. La caída, de un palmo más o menos, ha causado que yo casi me diera de bruces con el santo suelo justo cuando, por algún mecanismo que se me escapa a imaginar, las puertas se cerraban a toda potencia… con mi cabeza de por medio. Por suerte, no lo han hecho del todo, o mi cabeza hubiera podido experimentar en primera persona el dudoso placer de sentir lo que una nuez siente al ser crujida.

En fin, por suerte he salido casi ileso. Digo casi porque al producirse el accidente yo me he llevado un arañazo en el brazo derecho y otro en la mejilla derecha. Aparte de eso, nada de importancia o que vaya a ser duradero, salvo mis boxers, que han quedado algo… perjudicados por la impresión. Mi sex-appel sigue intacto y yo sigo siendo tan achuchable como siempre. Mujeres del mundo, aquí sigo, no perdáis más tiempo en devorarme a besos, que estáis tardando.

A Lady J. le ha entrado un ataque de nervios, porque las puertas se han quedado a escasos centímetros de mi cabeza. Uno de mis compañeros de trabajo se ha quedado blanco del susto y a los otros testigos del incidente también les ha entrado algo de nervios. Curiosamente, yo, por mi parte, tras comprobar que estaba vivo para contarlo, me he tomado el asunto a broma.

A partir de ahí, una sorpresa muy agradable: mañana tengo una cita cafetera con esa dama que me tiene tan fascinado. Bien, voy logrando imposibles. Charlaremos, esta vez sin mochuelos franceses cerca y yo podré tenerla para mí solo.

Gros bisous,
J.