Me he enterado de un par de cosas respecto a la extraña fiesta de ayer, y no me gustan nada. Al parecer es un grupo de liberales que se reúnen de vez en cuando, con cierta asiduidad, para realizar pequeñas fiestas que rompan sus vidas convencionales.

Vale, eso lo hacemos todos en mayor o menor medida, pero, en este caso, noto algo preocupante. Al parecer todo empezó hace unos meses como un encuentro ocasional que tenía lugar lugar una vez cada mes o cada dos. Ahora se reúnen casi de manera continua cada semana. La impresión que tengo es que son gente insatisfecha con su modo de vida y que optan por estas fiestas para romper la rutina. Me parece bien, todos hacemos eso, ya lo he dicho. Pero noto algo siniestro, preocupante en esas fiestas. Y Lady J. opina lo mismo. Así que ambos llegamos a la misma conclusión: “Gracias, ha sido divertido, adiós”.

Independientemente de todo eso, lo que realmente me molesta es que yo me equivoqué y no estuve a la altura de mis expectaciones. Por la novedad y la extravagancia de la idea, por lo insólito de la hora, por el mero contexto y por el morbo que la situación me inspiraba me apunté a algo que, una vez desprovisto de estos ropajes, me desagrada profundamente: meramente sexo deportivo; sexo a granel, al por mayor. No, eso no es para mi.

Si estoy desencantado de las fiestas parisinas es precisamente porque se están convirtiendo en eso, en sexo deportivo y en rutina. Ayer no comí porque tuviera hambre, sino por mera gula. Eso no está mal, pero si se convierte en una costumbre o, peor todavía, en un vicio, sí lo es.

Gros bisous,
J.