Mi buen amigo François, ese galo que me lleva causados más quebraderos de cabeza que otra cosa desde que lo conozco, ha tenido a bien (o mal, según se mire) ponerse enfermo del estómago (benditas indigestiones) cuando tenía que tomar parte en un trío con una pareja de amigos de unos amigos de unos amigos suyos (benditos triángulos de amistades) este viernes. Y me ha llamado para pedirme si podía sustuirle.

¿A que la amistad es algo bien bonito? ¡Por favor!

En resumen, que en media hora me he preparado para la velada y he salido a conocer a la pareja. Y ahí es cuando mi querido sentido del humor me ha salvado la vida. Porque la otra pareja es un conocida de mi querida Lady J. (durante un instante he podido visualizar a mi sublime Dama de los Pies Fríos carcajeándose entre nubes de nuestro humo favorito). Y por si fuera poco, yo les conozco también, pero por otros motivos ajenos a mi vida oscura y pertenecientes a mi vida clarita (observarás, mi querid@ lector/a, que ya no me río).

Por suerte, no me han reconocido. O eso han fingido. Hemos tomado algo, picado unas tapas, bromeado, reído y al final nos hemos ido al hotel. Por el camino yo no perdía la sonrisa porque, la verdad, me hacía gracia que mis dos vidas se hubieran puesto de acuerdo para ponerme en tal situación. Por dentro me iba preguntando qué diantres habría visto François en la pareja, porque son el par de norteamericanos típicos y…

…un momento…

¿Norteamericanos?

¡Norteamericanos!

¡Mis primeros norteamericanos!

A partir de ahí todo ha empezado, lentamente, a degenerar en algo un poco completamente absurdo. Seamos serios. Verme metido de “sustituto” (DIOS MIO, ¡¡¡soy un sustituto!!!!) en un trío no es algo muy frecuente (desde mi guardia para dos damas que mi existencia se había vuelto bastante normal, orgías a parte) para mí. Pero al llegar al hotel, tras identificarse el marido de la dama al pedir la reserva y decirnos que su “amigo” ya estaba allí, yo he empezado a temerme algo raro. En cierto modo, lo ha sido.

El caballero no participaba, sólo estaba de voyeur. Y el amigo era un pedazo de cacho de negro con una verga que me ha hecho recordar a la sota de bastos. Bueno, al cuerno todo, me he dicho, vamos a disfrutar. Y al negro que no sólo se le arruga aquella portentosa manguera, sino que, pese a los esfuerzos, no se le sube. Nada, de ninguna de las maneras. Y el tío confiesa al final, avergonzado, al marido en un aparte, que su mujer no le pone. El caballero le dice que no pasa nada, que se puede ir, y sustituye al negro en los quehaceres sexuales.

Informado discretamente del asunto, yo he pensando fugazmente que éste estaba siendo el trío con más irregularidades y meteduras de pata que recuerdo haber protagonizado, aunque fuera como secundario de lujo, en toda mi vida.

Si a estas alturas no he sufrido de una temporal falta de apetito sexual, ya no lo sufriré nunca.

Gros bisous,
J.