Estoy en una etapa de la vida en la que me tengo que morder la lengua con demasiada frecuencia. No es algo que me guste especialmente, porque todo lo que se queda dentro me envenena a la larga. Por el momento lo que callo no es especialmente fastidioso, salvo un asunto, pero en fin, si llega la necesidad, tengo con quien soltarlo. Por ahora no hace falta.

Guardar secretos siempre se me ha dado de maravilla. Morderme la lengua… un poquito menos. Pero ahora atesoro privilegios enormes y lo disfruto. Tengo el honor que personas a las que adoro depositen su confianza en mí, y eso es un lujo que no se paga con dinero. También, como he dicho, sostengo una carga menos gloriosa, pero es lo que hay. La vida viene como viene, y tú la tomas o la dejas ir. Yo la disfruto como puedo, a mi manera, y afronto las consecuencias.

Será ese lado masoquista que tengo. O ser un hedonista total. El placer es el placer, poco importa si te lo causa el sexo o un latigazo. Las cicatrices también son sexo.

Lo malo de esta época es que no puedo dejar por escrito en este diario público algunos de esos temas. Lo hago por otros medios, privados, que son sólo para mis ojos y quedan bajo llave. Hay secretos que no me pertenecen, y que no puedo escribir ni ahí. Los tengo grabados en el alma o el corazón. Básicamente, el tema que ahora me enerva un poco es una cuestión intima de una amiga a la que no puedo ayudar de modo alguno, porque ella no acepta la solución. Respeto su actitud, porque todos los cambios son difíciles de aceptar y más los radicales.

Ardo en deseos, con nuevos proyectos de todos los tipos y estoy ilusionado con mi vida. Y tengo ese lado perverso mío que gusta de deslizarse y mezclarse con el fango de la vida y observar las alturas desde ese abismo. Es una manera de poner en perspectiva la vida.

Ayer le expliqué a una dama fascinante algo que no le he contado a nadie, ni siquiera a mi diario más intimo. Salió, simplemente, como uno de esos secretos que a veces brotan de mis labios. Me acordé de la Dama de los Pies Fríos, que tiene la magia de hacerme sincerar con una sonrisa. Esta dama, simplemente, por como es, me hace sentir bien y tranquilo. Y yo soy fiel a mi regla de quid pro quo.

Gros bisous,
J.