He tenido una cita express organizada en cinco minutos y despachada en veinte. Era con una mujer que no es ni se considera liberal pero “que hace cosas liberales”, según ella. Es como jugar a soldaditos y creerse Napoleón. He sido todo lo delicado que he podido y le he dicho que ponerle los cuernos a su marido no es lo que yo denominaría liberal, independientemente de lo haga en la cama, ni aunque fuera asidua de los mejores clubs liberales, porque su libertad sólo existe mediante engaño y sin un acuerdo tácito.

Lo curioso del caso es que, o no ha querido darse por aludida, o ha ignorado mi comentario, porque ha seguido incólume, insensible a mi andanada. Y, de repente, le ha sonado el teléfono. “Uy, mi marido, tengo que dejarte, seguimos en contacto”.

Lástima, y yo que iba a decirle “hablando de libertad…”.

Liberal… oh, sí. Que ganas tiene la gente de ponerse etiquetas.

Gros bisous,
P.