Resumiendo: por la tromba de agua, con truenos y relámpagos que cayó sobre Barcelona, el trayecto, que debía durar unos veinte minutos, se convirtió en una odisea de tres cuartos de hora, con giros y regiros y un taxista abochornado que se disculpó mil veces por todo.

No, no pintaba bien aquello.

Llegamos a su cara un poco mojados, algo irritados por la odisea urbana y, por ello, optó ella por sorprenderme, sacando a la palestra la técnica de relajamiento a la que me introdujo mi pervertidora, la Dama de los Pies Fríos. Tras comprobar las diferencias de carga entre una y otra y comentarlas (faltaron las cervezas, reemplazadas por chupitos) y relajarnos, empezó a sobrarnos la ropa, por lo que pasamos a su cuarto, a seguir con la distensión, que se tensó de otra manera y en otras partes corporales.

Me sorprendió gratamente, pues demostró, además de ser un maravilloso animal sexual, tener ese punto de ternura que no me hace sentir una máquina, combinando el sexo puro y duro con otros momentos de mayor suavidad. La follada, aún así, fue muy intensa y, cuando hacia las tres de la mañana paramos para descansar, mientras comentábamos lo sucedido (todo), ella debió intuir el hilo de mis pensamientos más insondables y arcanos y me dijo algo que me sorprendió (y que me encantó) profundamente: dado lo desagradable e inhóspita que estaba la noche, me ofreció que me quedara a dormir, pero con una condición.

Que, al despertar, le llevara el desayuno a la cama.

Gros bisous,
J.