Maman ha logrado sorprenderme, la verdad. Y yo a ella, me temo..

Su regalo ha sido una comida en un elegante restaurante barcelonés y una chica. Guapa, inteligente, simpática y que incumplía un número de mis reglas no escritas. La principal ha saltado en cuanto la he visto, porque me he sentido, lo prometo, como un asalta cunas. Tan jovencita, tan tierna… y con una mirada de hija de la gran… Bretaña que asustaba. Así que, tras los intercambios de saludos y yo pensar “que hace un chico como yo en un sitio como éste”.

Cuando me ha dicho su edad (23 dulces añitos -1-) una parte de mí ha maldecido internamente a los hados y al sentido común de Maman, pero no a mis reglas. Si las tengo es por algo. Así que nos hemos puesto a hablar mientras encargábamos la comida y me ha explicado su bagaje liberal (para su edad, no está mal) y cómo había terminado sentada delante de mí: a través de mon père noir (pedazo de… galo).

Pronto se ha extrañado la chica cuando la conversación ha tomado un carácter completamente convencional y yo contestaba tirando balones fuera a sus indirectas eróticas. Al final, lógicamente, le he dicho lo que pasaba: “te saco veinte años, y eso está por debajo de mi umbral de tolerancia“. Se ha sentido algo perpleja, juraría que un punto ofendida, pero ha tenido el buen seso de no demostrarlo delante de mí.

Sí, le he dicho que no a una chica… que podría ser mi hija. No, aún hay cosas por las que no paso. Por suerte. Pero mañana tendré un regalazo fantástico (si no se tuercen los hados) y, la verdad, no puedo quejarme…

Gros bisous,
P.