Si Dios me hubiera hecho caso a eso de las diez de la mañana, cuando me ha faltado el canto de un euro para llorar por las esquinas ante mi desmesurada mala suerte, me hubiera perdido la tarde más burroloca de mi vida.

Me he levantado existencialista y eso me ha llevado a anular una cita y postergarla para otro día. A cambio, me he visto abrumado de trabajo (gracias, jefa), a punto de verme sobrepasado por las burrerías ajenas de otros y, en pocas palabras, MUY HARTO.

Por suerte, todo se ha solucionado. A cambio de firmar un pequeño pacto mefistofélico con mi jefa, he tenido la tarde libre, aunque no me tocaba, y se la he podido dedicar a mi R., mi británica favorita.

Hemos tenido una, para mí, mataroniana velada sexual donde he descubierto, para mi gozo y pasmo, porqué la dama es tan aficionada a los gangbangs y a las orgías: un sólo hombre no es suficiente para una dama tan hiperactiva. Me las he visto y deseado para estar a su nivel, y al final he acabado agotadísimo. Y con una gran sonrisa en la cara, húmeda de sus jugos.

Pero estoy molido, lo confieso. Me ha dado tal repaso que las piernas todavía me tiemblan y, pese a recordar todo lo hecho y vibrar por la excitación aún, dos horas después de finalizada la gran follada, mi polla sigue agotada y no da demasiadas señales de … oh, miento, ya ha vuelto a la vida. Buf, que alivio.

Si repito encuentros de este tipo con ella, o me apunto a un gimnasio, o me llevo refuerzos. Es fantástica, tremenda, maravillosa.

Gros bisous,
J.