Ayer por la noche, hacia las tres o las cuatro de la mañana, liado con ese trabajo que ha reducido al mínimo las horas dedicadas al sueño, recuperé uno de mis grupos musicales favoritos, la difunta banda belga Vaya con Dios.

Me encanta su jazz suave.

 

A raíz de un error y un semifallo cometido ambos esta semana con escasos días de diferencia,  y que la Dama de los Pies Fríos, con gran gentileza me hizo ver, he reflexionado sobre mi absoluto desprecio sobre el “qué dirán”, ya expresado en otras ocasiones en este diario intempestivo.

Si bien es cierto que paso olímpicamente de las opiniones ajenas y eso me da una libertad enorme, ello también tiene un lado menos positivo, a saber: me hace pecar de confiado, y esa absoluta seguridad de no tener que preocuparme por prácticamente nada ni nadie, me hace bajar la guardia y contar cosas que debería mantener para mi.

Por tanto, tengo que empezar a entrenar mi lado reflexivo de nuevo, para asegurarme de que no meto en problemas a terceras personas. Bueno, ni a esas personas ni a mí, que diantres…

Imagino que, por el mismo precio, también aprenderé a refrenar mi impulsividad y pensaré seis veces lo que digo antes de soltarlo.

Gros bisous,

p.