Esta madrugada me ha despertado el teléfono, que me he vuelto a olvidar de desconectar, afortunadamente.

“¿Qué haces?” – me ha preguntado una voz que sonaba muy despierta para ser las seis menos diez.

“Asombrarme de que estés con los ojos abiertos”. le he contestado.

“Anda, ven, que te tengo ganas”.

Mientras me vestía con sueño y me sonreía ante la paradoja de ponerme ropa para quitarmela en diez minutos, seguía asombrado por lo intempestivo de la hora, sentimiento que me ha durado hasta que he salido en la calle, donde el helor me ha sacudido hasta los cimientos de las pestañas y me he apresurado a llegar a mi destino que, afortunadamente, no es demasiado lejos.

Kerry me ha recibido en la puerta, empijamada y con una expresión maliciosa en sus ojitos. Me ha hecho pasar y ya en el mismo pasillo hemos empezado con besos y caricias, porque su respuesta a mis preguntas de “te pasa algo?” han sido sus ósculos lascivos. Y una vez en su cama, ha sacado unas cuerdas que ya tenía preparadas y, sonriendo, me ha preguntado:

-¿Te imaginas lo que viene ahora?

Pues no, porque cuando me ha atado las muñecas al dosel de su cama, he tenido que confesar que no era eso, a mí, lo que esperaba.

Ha sido una tortura deliciosa, ver como se despojaba de la ropa y yo sin poder tocarla ni entorpecerla con mis ocurrencias. Ha sido el strip-tease improvisado más sensual que he visto, y eso que ha sido un simple dejar de caer la ropa. Y el sexo en sí, mientras he estado atado, ha sido diferente, porque la sensación de estar indefenso y a su merced ha intensificado de una manera imposible de explicar lo experimentado y sentido.

Ha sido genial y fantástico porque ha sido con ella. Esta inspiración, esta experiencia nos ha inspirado un par de ideas para el futuro.

No me he vuelto amante del BDSM por esto, ni mucho menos. Sigo siendo yo, el que toma elementos prestado de todo lo que me interesa y atrae. Aclaro esto para que nadie se líe. Porque, no me cabe duda, habrá quien lea esto y se confunda.

GRos biosus,
P.